Barco de piedra, buque de plomo: canta la Petenera: sirena de cabaret: perdición de los marineros travestida de escamas finas: lentejuelas brillando en la noche, pero ella, ella es la noche que la luz revela al deslumbrar: faro que enceguece. Y desde la oscuridad llega al caracol de la oreja la cumbia de los náufragos que dice: Petenera, Petenera: entre las piernas le cuelga un pez: ¡ay, mamá!: entre las piernas le cuelga un camarón: ¡ay, papá!: no se apene: pa’ hundirse da igual el mar o la mar.
El partido México-Estados Unidos era a las 6 de la tarde. La casa de María queda por Galerías Coapa. Salí de las entrañas (entrañas por sórdidas, groseras) de Izazaga como a las 12, y estaba en la UNAM como a la 1. Comí con Mariela durante una hora, recorrí estúpidamente el circuito interior durante otras dos, alcancé a ver algo del MUAC durante una y media y finalmente salí a Insurgentes como a las 5. Subí a Periférico, pasé Viaducto Tlalpan y casi llegando al Tec se ponchó la llanta trasera. Fui en ese lugar donde vi por última vez mi bicicleta. Ahora se me ocurre haber pedido asilo para ella en la gasolinería, en el tianguis de coches, dejarla cerca del Oxxo. Pero el coraje (el coraje del viaje trunco, la rabia contra un clavo o una navaja negligente) es cegador y no hice más que encadenarla, enterrar la llave del cerrojo en un lugar seguro y confiar en que María me haría el favor de ir por ella y llevármela a la escuela al día siguiente (o cuando estuviera totalmente sobra, lo que sucediera primero). Mariela dice que qué importa, que al fin yo consigo desprenderme de las cosas fácilmente. Eso es sólo medianamente cierto: esta bicicleta era de mi color favorito, tenía una estampa muy querida, ya ilegible ("L'automobile perfetta è la mia bicicletta") y el óxido en el cuadro era el trofeo orgulloso de su uso cotidiano, de sus jornadas arduas y de su elegancia ruda. No hay nada qué decir que no derive en juicios ignorantes sobre el robo, sobre la incapacidad de la Ciudad de México para adaptarse a los ciclistas y sobre mi propia necesidad de hacer pública la tragedia. En fin. Mejores días, mi bicicleta. (Malditos de Sica, Antonioni y todos ellos.)
La voz suave, clara, se alza con fuerza sobre la mala producción y la ineptitud de los sonidistas. Ella se enoja, y no lo oculta: maldice, golpea el piso. Se esfuerza. Ella es coqueta, y no lo oculta: reparte besos lo mismo que espinas, sonríe igual que estando con su amante. Le susurra al micrófono como si mordiera una oreja. Ella es soberbia, y no se esconde: la garganta lastimada y los sudores la embellecen. Los zapatos blancos (uno desatado) se niegan a dejar las tablas desde donde la aman. Ella es una artista. Ella es un gato.
El autorretrato es una reflexión sobre el cambio y la muerte. La persona se autodestruye. Comenzamos blancos como hojas de álamo, y morimos como hojas secas.
Un poco forzado, pero aquí está. Para mis buenos amigos, Memo y Tétor.
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< estrofa id="1" class="cuarteto" > Manzanita ene / archivo nuevo: me da igual, si crea página en blanco, que el código ya fluye por mi mano, y construir una web nueva es duelo. < / estrofa >
< estrofa id="2" class="cuarteto" > Codificar a mano siempre es bueno, usar las interfaces, más bien raro, por eso de Dreamweaver mejor paso, a menos de que sea pa’ editar texto. < / estrofa >
< estrofa id="3" class="terceto" > Empiezo por los divs, luego los headers, siguen los tags y texto simulado: así termino yo el hachetemele. < / estrofa >
< estrofa id="4" class="terceto" > Hago una hoja de estilo sin dudarlo: nada funciona sin un buen cesese; no importa si el diseño está aprobado. < / estrofa >